lunes 25 de abril de 2011

Crónica de mí y otras ampulosidades


Me pidieron que me disfrazara de periodista, ser un cronista de algo específico. Sobre algo que entiendo bastante poco. No solo tengo que mirar lo que veo, sino además explicarlo.

Cuando arranqué mis “estudios” de periodismo no sabía si realmente esta profesión era para mí; ahora, definitivamente, sé que no. Algún profesor pudo admitirlo y me lo hizo saber. “Ésta no es una profesión para fiacas”, aseguró otro maestro, y cierto es que soy muy perezoso.

Entonces, decía, tengo  que disfrazarme de periodista: ir a cubrir un partido de rugby, deporte del cual no entiendo nada. Y nada es el más absoluto vacío.

Ser un cronista consiste en ser un viajante y este mediodía de domingo me encuentro viajando. De Boedo a Retiro, de Retiro a San Miguel y desde ahí el cuatrocientosypico que me lleve a Villa de Mayo. Para mí que es muy lejos; por más que piense en Ryszard Kapuściński y sus periplos por Argelia o en Martín Caparrós por Macedonia y Níger, y la comparación me ridiculice.
No debería quejarme,o tal vez sí. ¿Por qué no me mandan a Barcelona, a Bujumbura o a Cuzco? ¿No merezco –acaso- ir a Cuzco?
Finalmente no pongo reparos porque me gusta: tal vez sea mi afición al disfraz. Tengo que camuflarme de periodista y en este plan es que me mandan a CUBA, que significa algo así como Club Universitario de Buenos Aires. El local va a enfrentarse con Olivos, un equipo de Munro.

De todas formas pienso que tal vez debería dedicarme a otra cosa. En la cocina tengo algunas virtudes: elaborar algunas minutas con cierto criterio; pero no, estoy yendo a cubrir un deporte, cosa que -por demás evidente- ni siquiera practico. Me cuesta pensar en esto de “dedicarme a algo”, me suena muy materno-paternal y me siento un adolescente perdido en el mundo de las injusticias.

Cuando llego a destino, un country venido a menos, estoy más descolocado que cuando me ofrecieron hacer el trabajo. Estaba comprobando lo que ya sabía. Como un gato con hueso intento acercarme al público para interiorizarme en algo. Me compro una hamburguesa bastante fea y una lata de cerveza mala que me salen veinte pesos y busco una buena ubicación.
Sé que confiaron en mí desde el momento que decidieron que viniera, pero no puedo confiar en mí por la simple razón de que yo sé que nada sé. Así que escucho lo que van diciendo los presentes y tomo nota. “¿Siempre hacen esto?”, me dice un tipo sorprendido y le digo que no, que está lleno de especialistas pero que tuvieron la mala suerte de quedarse sin algunos periodistas y que entonces me pidieron si podía cubrir el partido para que no quedara sin una cobertura. Creo que mentí y no dije más.
Con el trabajo medianamente bien hecho espero el colectivo que me lleve al tren que me traslade al colectivo que me deje en mi casa. Tal vez pueda sentirme realizado: me dispongo a escribir la crónica y elegir las fotos para finalmente quitarme el embozo.