miércoles 20 de abril de 2011

Tren



El mundo termina así: no con un estallido, sino con un sollozo. (T. S. Eliot)

Directamente desde la aduana vengo a entregarles este estupendo producto de importación…

Sus cincuenta parecen setenta; su seño se arruga como su boca, arrugada. Tiene el pelo más canoso que castaño y los ojos poco menos que dolientes. La barba mal afeitada y el poco aseo lo conciben más triste que sus ojos tristes. En las orejas hay un rasgo simpático, pero el conjunto es sombrío.
Orgulloso, dice que “como Evita” -aunque dos días más tarde, cuarenta años después- nació en un pueblo con poco más de 13 mil habitantes llamado Los Toldos, en la provincia de Buenos Aires: un 9 de mayo de 1959.

…vengo a ofrecerles estos artículos fabricados en Inglaterra…

Había llegado a la ciudad cuando todavía era un adolescente y el impacto había sido duro. La pensión de la Boca estaba habitada por variados personajes: un proxeneta que regenteaba un grupo de mujeres dominicanas, un tipo de esos con los cuales no conviene conversar, una pareja con cinco niños que había llegado de Chaco al mismo tiempo que él y un viejo paralítico que vivía con un cuadripléjico que llevaba a pasear todas las mañanas, a eso de las seis, mientras cantaba Las mañanitas del Rey David a los gritos. Como en la casa no había quien pudiera decir que no, había que soportar los hábitos ajenos como quien soporta cualquier aflicción. Sorprendía el mundo de caras que a diario cruzaba la puerta de la calle Pedro de Mendoza al quinientos, demasiados rostros para un huraño pueblerino. Buenos Aires se hacía una eupepsia con sus esperanzas.

…es una oportunidad única que estoy entregando por última vez…

Viaja de retiro a San Miguel siete veces al día. Sube a los trenes como quien se enfrenta a un dictamen. A pocos parece importarles su presencia: como si no existiera, sus colegas lo interrumpen con nuevas ofertas. Biromes pilas discos truchos destornilladores chocolates caramelos. Recorre los vagones como una sombra en busca de la próxima estación, procurando un público atento.
Fantasmagóricas máquinas que cruzan el oeste, arrastrando voluntades regidas por las reglas del viento. El final no llega a ser final, como si todo tuviera una nueva oportunidad, cargada por los deseos perdidos de las almas que se pierden en la oscuridad.