jueves 5 de mayo de 2011

San Isidro Club


Llego a San Isidro como quien llega con pasaporte. Bajo del colectivo en una gran avenida que cruza la Panamericana y comienzo a sospechar que no estoy donde creí. Lo imaginaba más elegante. Pregunto por una calle en una remisería, y veo que es tan lúgubre como una remisería; tan tétrica como una funeraria.
Entro al San Isidro Club una hora y pico antes de que empiece el partido que van a disputar el SIC –el equipo local- y San Albano. El campeón frente a un medio pelo. Hago lo que hasta ahora: camino por las instalaciones, chequeo las formaciones, busco el baño y una parrilla que me pueda servir una hamburguesa barata. La hamburguesa está cruda, comerla es un nuevo desafío.
Seguido de unas cuantas mordidas, me enfrento por primera vez -en una serie de diez- a un extraño método de distribución de la riqueza: tres pibitos rubios prolijos dientes blancos, me quieren vender una rifa para irse de gira. Se van desilusionados, porque les explico que me acabo de gastar en el almuerzo lo poco que tenía. Está claro, la realidad de los niños no es la cotidiana.

 -¡¿Cómo no tiene 20 pesos?!

En la mesa de al lado un grupo de chicas comen papas fritas con kétchup: se ríen, se cuchichean, se cacarean. En San Isidro las mujeres no son lindas, pero actúan como si lo fueran. El mandato divino. A su vez, los hombres visten como el año que viene y, en su mayoría, como haciéndole honor a una obra de Rembrandt, lucen varios kilos de más. Petimetres con cierto orgullo.

-¡20 pesos cómo no va a tener!

El club parece paquetamente modesto. Tiene una cancha de hockey, una especie de gran salón que comparten restaurante, vestuarios y oficinas administrativas y dos campos de rugby, con el pasto tan alto que Messi, Xavi e Iniesta se verían en serios problemas.
Falta poco para el comienzo del partido y de pronto entra la hinchada visitante. Otra vez, una veintena de adolescentes rubios bien cuidados que nada tienen que ver con el crimen organizado al que el fútbol nos tiene acostumbrados. Los cánticos son racistas por momentos, naif por otros y bastante estúpidos en general. Entonces pienso que tal vez los padres sí tienen que ver con eso del crimen, pero en otra escala de la pirámide.

-¡20 pesos, cómo no!

El partido termina como todos nos temíamos: sin batacazos ni hazañas para destacar. San Isidro aplasta a sus rivales sin demasiadas cavilaciones y con superioridad destacable, pero con bastante barro en la cara. Es lógico, el local cuenta con tres jugadores que pertenecen al Plan de Alto Rendimiento que la Unión Argentina de Rugby dispone para los jugadores que más o menos tienen vista de selección. La Unión de Rugby de Buenos Aires, organizadora del torneo, en cambio, aceptó a último momento que estos deportistas formaran parte de sus planteles.
Los dirigentes que se niegan a las becas no pensarán demasiado al respecto cuando Los Pumas logran alguna posición destacada en los mundiales. No pueden aceptar que los becados cobren la estrambótica suma de 2.600 pesos. Supongo que estos funcionarios salidos de una masonería arcaica son obreritos de la construcción con un sueldo básico.

-20 pesos nada más, ¿no tiene 20 pesos?

Ahora entiendo, resulta que todo consta en empujar al rival. La pelota importa, pero no todo lo que parece; hay que llevarla hacia la línea de fondo, que se llama in-goal, y apoyarla delicadamente –o no- detrás de esa raya blanca. Pero siempre empujando, “con estrategia militar”, me indica un espectador –para mi gusto- experto.