martes 31 de mayo de 2011

Sushi Club


De pronto ese otro mundo que esperaba encontrar más lejos se me acercó. Apenas a unas cuadras de casa: sesenta -tal vez ochenta-, ni si quiera puedo hablar de kilómetros. Un bondi, cuarenta minutos, muchas vidas.

En esta parte de Belgrano, las casas son como fortalezas protegidas. Murallas portones Rottweilers: la vida descansa en la tranquilidad de sentirse separada de las otras vidas. Los perros, como los coches, son de marcas alemanas. Los autos no superan los dos años; los canes, asoman el metro y medio. Las sirvientas son marca país limítrofe y visten –las visten- con uniformes de maestras jardineras, todo tan prolijo, tan maravilloso.
Entonces, a la vuelta, como quien no quiere la cosa, aparece el club, que se encuentra entre varios edificios enanos; sus paredes son las paredes del complejo. Complejo también es entrar, la tertulia está bien vigilada, celosa y arrogante. Tanto que tengo que estrenar mi credencial que asegura que soy un cronista y que como tal pertenezco a algo que se llama prensa. Otro bicho raro entre tantas especies.
Recorro, conozco, paseo y me embarro, siempre me embarro. Chapoteo en el fango, el club está lleno de fango, no sólo la tierra es de los ricos, también el barro. La cancha, con su tribunita techada, parece una hacienda donde desfila el ganado durante las ferias rurales.
Muchas mujeres que son -nunca menos- más que amas de casa, venden tortas y brownies, alfajores y churros. Los churros no son caseros, el resto no sé. Al estilo kermese juntan dinero para ayudar a un hogar que ayuda a los hijos de los padres que sus maridos explotan. Madres de beneficencia, toda una historia de solidaridad.
Más allá otro puesto pequeño, mucho más pequeño pero con gran corazón. Un cartel me dice que un restaurante japonés regala comida y además asegura que es “el primer sushi para todos”. Promete y cumple a medias, porque me acerco y ya no queda, esta idea de que todos somos todos –y todas, claro-, la banalidad de la palabra, la moda del “todos” que significa “algunos”. Pienso que a los que nunca les importó la mayoría, es decir los olvidados, hablan de todos. Marcelo Araujo, Paka Paka y sushi para algunos todos –algunas todas, obvio- en determinados lugares. Todo empieza a ser más justo.

Varias pizarras afirman que el club lleva 115 años de valores, 115 de orgullo y 115 de no sé qué otra zaraza. Valores, orgullos, Argentina, vacas, Dios, soja y otra vez orgullo.

La paradoja argentina, que alguna vez supo que pudo ser y que jamás fue pero que todos creemos que fuimos.

El sanguche es amarrete pero no está del todo mal, esta vez la gaseosa me la traje de afuera y me siento astuto: un litro y medio para zacear el vicio.
Intento chequear las formaciones de los equipos pero me cuesta más que nunca. Los jugadores de rugby varían los números de las camisetas según sus contexturas y parece que en cada partido se ponen más anchos. En conjunto, todavía no logro asimilar que alguien juegue de catorce.
Cuando empieza el partido me veo rodeado de periodistas, escucho sobre qué hablan para enterarme de las cuestiones rugbísticas pero resulta que sólo se conversa de la final de la Liga de Campeones de Europa, partido que, nos iremos enterando, el Barcelona le terminará ganando con comodidad al Manchester United. Cataluña está ardiente, para qué negarlo.
Todos –y todas, ya dije-  los que amamos el fútbol queremos estar viendo ese encuentro pero fuerzas mayores –y no tanto- nos obligan a presenciar rugby. Este deporte tiene algo que me gusta del fútbol: los wines suben, bajan y aparecen siempre libres. Hay quienes dicen que en Argentina ya no quedan, aunque opto por pensar que hay quienes no quieren que queden. Se trata de abrir la cancha, no debe ser tan difícil. Los equipos de rugby utilizan seguido esta idea, incluso forma parte fundamental del juego.
Sin ánimos de creerme un libro de autoayuda puedo decir que en la sencillez está la belleza; ahí tenemos a David Gilmur tocando el solo de Comfortably numb, a Eduardo Galeano escribiendo un pequeño ensayo y al Barça jugando al fútbol. Delicias de lo espontáneo.

Olvidaba que existe esta jodida pirámide invertida pero como me cago en tal voy a decir recién ahora que esta tarde se enfrentan el local y puntero del campeonato, Belgrano Athletic Club, con Alumni.
Estoy parado cerca de los visitantes, donde me gusta estar casi siempre, pegado al banco de suplentes. Le hago algunas preguntas a uno de los entrenadores que no tarda en mandarme a la mierda y me grita que “por qué no hacés tu trabajo que yo hago el mío” y que me deje de preguntas. Le digo que creía que mi trabajo consistía, entre otras cosas, en preguntar pero no digo más. No me conviene que se ponga violento.
El partido es un tiempo para cada uno, en el primero parecía que Alumni podía dar una sorpresa pero en el segundo la cosa se puso como debía. La hinchada local, tan paqueta, está de fiesta y todos –quiero decir, algunos- contentos.
Anoto algunas novedades que averiguo sobre el partido, intento alguna pequeña entrevista para así salir lo más rápido posible y poder volver a mi casa.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bien Yony, vamos bien...

SoydeBoedo dijo...

Amigo de Boedo, es bueno andar por estos pagos.
Abrazo!
Y cuando quieras pasa por el rancho (nueva direccion, blog viejo)