- - No, con la birome no –me dijo el policía.
Un hombre poco amable le preguntó poco amablemente a uno que vendía remeras gorritas banderas que quién le había dado permiso para estar trabajando ahí y que quién creía ser, que él es de La Barra y que como él es de La Barra es el que manda.
- - No se puede entrar con una birome.
- - ¿Por qué?
- - Porque no se puede.
En la puerta del estadio, otro hombre bastante grotesco y mucho menos amable nos decía a todos aquellos que no queríamos pagar un bono absurdo que no teníamos derecho a entrar y que quiénes creíamos ser, que ahí es él el que manda. No tenía ningún tipo de identificación, sólo un wakie talkie no tan de juguete y anteojos negros. La policía estaba cerca y parecía estar de su lado.
- - ¡Cómo vas a entrar con una birome!
- - Pero…
La tribuna estaba repleta de muchachitos aún con mayor carencia de amabilidades dando órdenes. Muchos miraban el partido de espalda. Muchos daban órdenes: que aquella bandera así que esa otra asá, como si hicieran algo importante. Uno me persuadió para que dejara de tocar un trapo que me pegaba en la nuca; otro, que hiciera lo mismo con uno que me pegaba en la cara. Todo, claro está, de mala gana. Quién me creo que soy.
Con la birome no.
Vade retro, Satán.
No, birome no.
Parecía caóticamente organizado, cada quien con su lugar establecido. ¿Cuál será, de todo esto, la cabeza? Toda corporación debería tener -al menos- una.
- - ¿Quién te creés que sos?
- - El de la birome ¿Y usted?
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